Hume y la filosofía de la mente (I): ¿De dónde vienen nuestros pensamientos?

 

Hume y la filosofía de la mente (I): ¿De dónde vienen nuestros pensamientos?

El empirismo y los límites de lo que podemos conocer

1. ¿Podemos pensar algo que nunca hemos experimentado?

Alguien nos pide pensar en un color que nunca hemos visto. Podemos imaginar un azul particularmente intenso, una tonalidad extraña de verde o una combinación de colores que difícilmente encontraríamos en la naturaleza. Pero ¿podemos imaginar un color completamente nuevo, que no tenga ninguna relación con los colores que conocemos?

La pregunta puede parecer un simple ejercicio de imaginación, pero nos conduce a uno de los problemas fundamentales de la filosofía moderna: ¿de dónde provienen los contenidos de nuestra mente?

Cuando pensamos en un árbol, podemos recordar alguno que hemos visto. Cuando imaginamos una ciudad, podemos combinar edificios, calles y paisajes que conocemos. Incluso cuando pensamos en criaturas fantásticas, como dragones o unicornios, parece que utilizamos elementos procedentes de experiencias anteriores.

Un unicornio combina características que conocemos por separado: el cuerpo de un caballo y el cuerno de otro animal. Podemos imaginar una montaña de oro sin haber visto jamás una, porque conocemos las montañas y hemos tenido alguna experiencia del oro.

Pero ¿significa esto que todos nuestros pensamientos provienen, de alguna manera, de la experiencia?

David Hume (1711-1776), filósofo escocés y uno de los principales representantes del empirismo moderno, sostuvo que sí, aunque su posición requiere algunas precisiones.

Su propuesta aparece principalmente en el Tratado de la naturaleza humana (1739-1740) y en la Investigación sobre el entendimiento humano (1748). En estas obras, Hume intenta comprender cómo funciona nuestra mente y qué podemos conocer mediante sus operaciones.

El proyecto tiene una ambición considerable. Hume considera que, para comprender el conocimiento humano, debemos comenzar estudiando las capacidades y limitaciones del entendimiento.

Para Hume, cualquier investigación filosófica o científica depende de nuestra capacidad para pensar, razonar y formar creencias.  Y si desconocemos cómo funciona esa capacidad, también desconocemos los límites de nuestras investigaciones.

Por eso, antes de intentar resolver los grandes problemas de la metafísica, Hume propone examinar los principios de la naturaleza humana.

2. ¿Qué significa ser empirista?

Para comprender la propuesta de Hume debemos comenzar explicando qué es el empirismo.

En términos generales, el empirismo es una posición filosófica que atribuye a la experiencia un papel fundamental en el origen y la justificación del conocimiento.

Sin embargo, debemos tener cuidado con esta definición, porque no todos los filósofos empiristas sostienen exactamente las mismas tesis.

John Locke, por ejemplo, había defendido que nuestras ideas proceden de dos fuentes: la sensación y la reflexión.

La sensación nos proporciona ideas relacionadas con los objetos externos. Vemos colores, escuchamos sonidos y percibimos diferentes características de las cosas.

La reflexión, en cambio, nos permite adquirir ideas sobre las operaciones de nuestra propia mente. Podemos advertir que estamos pensando, dudando, recordando o deseando.

Locke utilizaba esta distinción para cuestionar la existencia de ideas innatas, es decir, contenidos que supuestamente poseemos desde nuestro nacimiento sin haberlos adquirido mediante la experiencia.

Hume retoma parte de este proyecto, pero introduce una clasificación diferente.

Su punto de partida consiste en examinar los contenidos de nuestra experiencia mental y distinguir sus diferentes clases.

Para Hume, todo aquello que aparece en la mente pertenece a la categoría general de las percepciones.

Esto puede resultar extraño, porque actualmente solemos utilizar la palabra percepción para referirnos principalmente a nuestras experiencias sensoriales.

Cuando decimos que percibimos un árbol, normalmente queremos decir que lo vemos. Cuando hablamos de percepción auditiva, nos referimos a nuestra experiencia de los sonidos.

Hume utiliza el término en un sentido mucho más amplio.

Las percepciones incluyen sensaciones, emociones, pensamientos, recuerdos e imágenes mentales.

Cualquier contenido que aparezca en nuestra experiencia mental puede considerarse una percepción en este sentido.

Pero Hume sostiene que estas percepciones pueden dividirse en dos grandes clases: impresiones e ideas.

3. Impresiones e ideas

Estamos frente a una taza de café recién preparado. Podemos ver su color oscuro, percibir su aroma y sentir el calor de la taza cuando la sostenemos entre las manos. También podemos experimentar placer, anticipación o incluso disgusto, dependiendo de nuestras preferencias.

Todas estas experiencias constituyen ejemplos de lo que Hume llama impresiones.

Las impresiones son las percepciones que aparecen con mayor fuerza y vivacidad en nuestra experiencia.

Incluyen las sensaciones que recibimos mediante nuestros sentidos, pero también pasiones y emociones, como el miedo, la alegría o el enojo.

Ahora imaginemos que hemos abandonado la habitación y alguien nos pide recordar el aroma del café.

Podemos representarlo mentalmente, pero normalmente esa representación carece de la intensidad que tenía nuestra experiencia original.

Lo mismo ocurre cuando recordamos el sonido de una campana o imaginamos una superficie roja. Estas representaciones pertenecen a la categoría de las ideas.

Hume sostiene que la diferencia fundamental entre impresiones e ideas consiste en su grado de fuerza y vivacidad.

Las impresiones suelen presentarse con mayor intensidad; las ideas aparecen, por lo general, como representaciones menos vivaces.

La distinción puede parecer sencilla, pero tiene consecuencias importantes.

Si queremos explicar de dónde provienen nuestras ideas, podemos preguntarnos si existe alguna impresión de la cual proceden.

Por ejemplo, nuestra idea del color rojo parece depender de haber experimentado alguna impresión correspondiente. Del mismo modo, nuestra idea del dolor parece relacionada con experiencias dolorosas anteriores.

Pero ¿qué ocurre con ideas mucho más complejas, como la justicia, la libertad o Dios? Aquí aparece uno de los principios centrales del empirismo humeano.

4. El principio de copia

Hume sostiene que nuestras ideas simples derivan, en condiciones ordinarias, de impresiones simples correspondientes. Esta propuesta se conoce como el principio de copia.

Su formulación requiere distinguir entre percepciones simples y complejas.

Una percepción simple es aquella que no puede dividirse en componentes perceptivos más elementales del tipo relevante. Una percepción compleja, en cambio, está constituida por diferentes elementos que pueden distinguirse.

Consideremos una manzana. Cuando observamos una manzana experimentamos diferentes características: un color, una forma, una textura y quizá un aroma.

Nuestra percepción del objeto es compleja porque podemos distinguir esos aspectos.

Pero también podemos considerar por separado una impresión particular de rojo o una sensación específica de dulzura.

Hume sostiene que nuestras ideas simples proceden de impresiones simples.

La idea de rojo, por ejemplo, depende de alguna experiencia previa de ese color.

Sin embargo, las ideas complejas no necesitan corresponder a experiencias complejas que hayamos tenido efectivamente.

Podemos imaginar una ciudad construida enteramente de cristal sin haber visitado jamás una ciudad semejante.

La imaginación puede combinar elementos que hemos experimentado por separado.

Esto permite explicar cómo podemos pensar en objetos inexistentes sin suponer que poseemos ideas innatas de ellos.

Los dragones, los unicornios y las ciudades imaginarias pueden construirse mediante la combinación de contenidos derivados de la experiencia.

La propuesta de Hume ofrece así un procedimiento para investigar nuestras ideas.

Cuando encontramos una idea filosófica especialmente difícil de comprender, podemos preguntarnos: ¿de qué impresión procede?

Si no conseguimos identificar ninguna impresión correspondiente, tenemos razones para sospechar que quizá estamos utilizando una palabra sin haber determinado claramente su contenido.

Esto no significa que toda idea abstracta carezca de significado.

Significa que debemos explicar cómo se origina a partir de los recursos de nuestra experiencia.

La pregunta tendrá consecuencias especialmente importantes cuando Hume examine conceptos como sustancia, causalidad e identidad personal.

5. El problema del matiz de azul que nunca hemos visto

Hume reconoce una dificultad para su propio principio.

Imaginemos que una persona ha visto prácticamente todos los matices de azul, excepto uno.

Podemos mostrarle una serie de tonalidades ordenadas gradualmente, desde un azul muy claro hasta otro mucho más oscuro.

Pero en la secuencia dejamos un espacio correspondiente a una tonalidad que esa persona nunca ha experimentado.

¿Podría imaginar el matiz que falta?

Hume considera que parece posible.

La persona podría advertir la discontinuidad entre los colores vecinos e imaginar una tonalidad intermedia.

Pero esto produciría una excepción al principio de copia.

Tendríamos una idea simple que no procede de una impresión simple correspondiente.

Lo interesante es que Hume reconoce explícitamente esta dificultad.

Sin embargo, considera que el caso es demasiado particular como para obligarnos a abandonar el principio general.

Podemos discutir si esta respuesta resulta satisfactoria.

Si el principio de copia pretende establecer una relación universal entre impresiones e ideas simples, una sola excepción parece suficiente para cuestionar su universalidad.

Pero también podríamos interpretar el principio como una generalización empírica sobre el funcionamiento habitual de nuestra mente.

Desde esa perspectiva, una excepción excepcional no necesariamente destruiría toda su utilidad explicativa.

En cualquier caso, el ejemplo muestra algo importante sobre el proyecto de Hume: su teoría del conocimiento pretende apoyarse en observaciones acerca del funcionamiento de nuestras capacidades mentales.

Y, como cualquier propuesta de carácter empírico, puede enfrentarse a casos que obliguen a precisar su alcance.

6. La imaginación: combinar lo que hemos experimentado

Si nuestras ideas proceden de impresiones, ¿cómo podemos imaginar cosas que nunca hemos visto?

Hume responde que la imaginación posee la capacidad de combinar, separar y reorganizar ideas.

Pensemos en una criatura mitológica.

Podemos imaginar un animal con cuerpo de caballo, alas de águila y cabeza de león.

Nunca hemos observado un organismo semejante. Pero los elementos que utilizamos para representarlo proceden de experiencias anteriores.

La imaginación puede producir combinaciones nuevas sin necesidad de crear todos sus componentes desde cero.

Esta explicación permite comprender por qué nuestra capacidad imaginativa parece tan amplia.

Podemos pensar en mundos inexistentes, acontecimientos imposibles y objetos que contradicen nuestra experiencia cotidiana.

Sin embargo, la libertad de la imaginación no implica que todos sus contenidos sean independientes de la experiencia.

En la propuesta de Hume, la experiencia proporciona los materiales y la imaginación puede reorganizarlos.

Pero existe una dificultad adicional.

Nuestros pensamientos no aparecen siempre como una sucesión completamente desordenada.

Cuando recordamos una conversación, una palabra puede llevarnos a otra. Cuando pensamos en nuestra casa, quizá recordamos a las personas que viven allí. Cuando escuchamos una canción, podemos recordar algún acontecimiento relacionado con ella.

¿Por qué ciertas ideas tienden a aparecer juntas?

Para responder, Hume introduce su teoría de la asociación.

7. ¿Por qué un pensamiento nos lleva a otro?

Hume sostiene que las ideas pueden relacionarse mediante ciertos principios de asociación.

En la Investigación sobre el entendimiento humano identifica tres principios principales: semejanza, contigüidad y causa y efecto.

La semejanza explica por qué una idea puede conducirnos a otra que comparte algunas de sus características.

Por ejemplo, al observar el retrato de una persona podemos recordar a quien aparece representado.

La contigüidad permite explicar asociaciones entre acontecimientos u objetos que hemos experimentado próximos en el espacio o en el tiempo.

Cuando pensamos en nuestra antigua escuela, quizá recordamos el parque que se encontraba frente a ella.

Finalmente, la relación de causa y efecto explica por qué pensar en un acontecimiento puede conducirnos a otro que consideramos relacionado causalmente con él.

Si escuchamos un trueno, podemos pensar en una tormenta. Si vemos humo, podemos pensar en fuego.

Estos principios permiten comprender cómo se organiza una parte importante de nuestra vida mental.

La asociación no debe entenderse como una regla que determine necesariamente cada uno de nuestros pensamientos.

Hume intenta identificar regularidades que permitan explicar por qué ciertas ideas aparecen vinculadas con otras.

Esto resulta importante porque muestra que la mente no es simplemente un recipiente en el que se almacenan representaciones.

Nuestros contenidos mentales mantienen relaciones y pueden influirse mutuamente.

La asociación desempeña así un papel fundamental en la memoria, la imaginación y la formación de creencias.

Pero también nos conduce hacia uno de los problemas más importantes de la filosofía de Hume: nuestra creencia en las relaciones causales.

8. ¿De dónde obtenemos la idea de causalidad?

Imaginemos que observamos dos bolas de billar.

Una se mueve sobre la mesa, golpea a la otra y esta última comienza a desplazarse.

Podemos describir lo que hemos visto.

Primero, una bola se aproximó a otra. Después ocurrió el contacto y, finalmente, la segunda bola comenzó a moverse.

Pero ¿hemos observado también una conexión necesaria entre ambos acontecimientos?

La pregunta es más difícil de lo que parece.

Normalmente creemos que el movimiento de la primera bola causó el movimiento de la segunda.

Sin embargo, Hume nos invita a examinar qué aparece realmente en nuestra experiencia.

Podemos observar acontecimientos sucesivos, relaciones espaciales y ciertas regularidades.

Pero no encontramos una impresión sensorial de una fuerza necesaria que garantice que el segundo acontecimiento deba seguir al primero.

La dificultad aparece cuando intentamos explicar de dónde proviene nuestra idea de conexión necesaria.

Si todas nuestras ideas simples deben derivarse de impresiones, necesitamos identificar alguna experiencia que proporcione el contenido de esa idea.

Hume sostiene que la repetición de acontecimientos semejantes produce en nosotros una disposición a esperar que, cuando aparezca uno, aparecerá también el otro.

Después de observar muchas veces que un tipo de acontecimiento sigue a otro, nuestra mente adquiere un hábito.

La costumbre nos lleva a anticipar el efecto cuando encontramos aquello que consideramos su causa.

Y esa transición habitual de la mente desempeña un papel fundamental en nuestra idea de conexión necesaria.

Esta explicación es importante porque modifica la manera de comprender el conocimiento causal.

Cuando creemos que el fuego calentará un objeto, nuestra expectativa no procede simplemente de analizar el concepto de fuego.

Depende de nuestra experiencia de regularidades anteriores y de los hábitos que hemos adquirido.

El empirismo de Hume conduce así a una conclusión incómoda: gran parte de nuestras expectativas sobre el mundo depende de mecanismos psicológicos que no equivalen a demostraciones lógicas.

9. Relaciones de ideas y cuestiones de hecho

Hume introduce otra distinción fundamental para comprender los límites del conocimiento.

En la Investigación sobre el entendimiento humano distingue entre relaciones de ideas y cuestiones de hecho.

Las relaciones de ideas incluyen proposiciones cuya verdad puede establecerse mediante el pensamiento, sin necesidad de investigar acontecimientos particulares del mundo.

Por ejemplo, que tres multiplicado por cinco es igual a quince.

También podemos establecer relaciones geométricas mediante demostraciones.

La negación de una verdad de este tipo, cuando es necesaria, implica una contradicción.

Las cuestiones de hecho funcionan de manera diferente.

Consideremos la afirmación «mañana lloverá».

Para determinar si es verdadera necesitamos información sobre el mundo.

Podemos consultar un pronóstico meteorológico, examinar las condiciones atmosféricas o utilizar conocimientos científicos.

Pero la negación de la afirmación no implica una contradicción lógica.

Es perfectamente concebible que mañana no llueva.

Lo mismo ocurre con nuestras expectativas causales.

Podemos tener excelentes razones empíricas para creer que el sol saldrá mañana. Sin embargo, la negación de esa afirmación no encierra la misma clase de contradicción que encontramos al negar una verdad matemática necesaria.

Esta distinción permite comprender una de las tesis más importantes de Hume: el conocimiento sobre acontecimientos que no estamos experimentando directamente depende de inferencias que van más allá de la información presente.

Y esas inferencias suelen apoyarse en nuestra experiencia anterior.

Pero ¿qué justifica que esperemos que el futuro se comporte de manera semejante al pasado?

10. El problema de la inducción

Imaginemos que durante toda nuestra vida hemos observado que el agua hierve bajo determinadas condiciones físicas.

Cuando volvemos a colocar una olla sobre el fuego, esperamos que ocurra algo semejante.

La expectativa parece completamente razonable.

Pero Hume pregunta qué justifica el paso desde nuestras experiencias anteriores hacia una afirmación sobre lo que ocurrirá después.

No podemos demostrar mediante una contradicción lógica que el futuro necesariamente se parecerá al pasado.

Es concebible que las regularidades que hemos observado dejen de cumplirse.

Podríamos intentar responder que el futuro se parecerá al pasado porque siempre ha ocurrido así.

Pero esa respuesta utiliza precisamente el tipo de razonamiento que queremos justificar.

Estamos suponiendo que la experiencia anterior constituye una guía confiable para lo que todavía no hemos experimentado.

Hume considera que no podemos justificar este principio mediante una demostración deductiva. Tampoco podemos justificarlo mediante un argumento basado en la experiencia sin incurrir en una circularidad.

Éste es el núcleo del problema de la inducción.

La dificultad no consiste en afirmar que nuestras expectativas cotidianas sean inútiles.

Hume reconoce que los seres humanos dependemos constantemente de ellas.

Cuando cruzamos una calle, cocinamos nuestros alimentos o intentamos aprender de nuestros errores, utilizamos expectativas construidas mediante la experiencia.

Su argumento es que estas expectativas no poseen la clase de justificación racional demostrativa que a veces les atribuimos.

La naturaleza humana nos lleva a formar creencias a partir de regularidades anteriores.

La costumbre constituye uno de los mecanismos fundamentales de esa actividad.

Y aquí podemos observar una característica importante del empirismo humeano.

Hume no se limita a establecer qué ideas proceden de la experiencia. También intenta explicar psicológicamente cómo llegamos a creer determinadas cosas.

Su investigación sobre el conocimiento es, al mismo tiempo, una investigación sobre el funcionamiento de la mente.

11. ¿Podemos encontrar el yo dentro de nuestra mente?

Hasta ahora hemos examinado cómo Hume explica el origen de las ideas, las relaciones entre nuestros pensamientos y la formación de ciertas creencias.

Pero su empirismo también tiene consecuencias para nuestra concepción de nosotros mismos.

Recordemos la pregunta con la que terminamos nuestra serie sobre John Locke.

¿Qué nos hace seguir siendo la misma persona a través del tiempo?

Locke había relacionado la identidad personal con la conciencia y nuestra capacidad de reconocernos como sujetos de experiencias anteriores.

Hume lleva la investigación hacia otra dirección.

Si queremos comprender qué significa hablar de un yo permanente, debemos examinar de dónde procede nuestra idea de ese yo.

Y, siguiendo el principio de copia, debemos preguntarnos qué impresión le corresponde.

Cuando observamos nuestra propia experiencia, encontramos pensamientos, sensaciones, emociones y recuerdos.

Podemos experimentar alegría, tristeza, dolor, placer o miedo.

También podemos recordar acontecimientos anteriores e imaginar situaciones futuras.

Pero ¿encontramos alguna impresión constante e invariable que corresponda a un yo permanente?

Hume sostiene que no.

Cada vez que intenta examinar su propia experiencia, encuentra alguna percepción particular.

Si siente calor, encuentra una sensación de calor. Si experimenta miedo, encuentra una emoción. Si recuerda una conversación, encuentra una representación de aquella experiencia.

Pero no descubre una impresión del yo que permanezca idéntica mientras todas esas percepciones cambian.

De aquí surge su conocida comparación de la mente con un conjunto o haz de percepciones.

La propuesta cuestiona que tengamos evidencia introspectiva de un sujeto simple e invariable que exista independientemente de los diferentes contenidos de nuestra experiencia.

Sin embargo, debemos evitar una interpretación demasiado rápida.

Hume no demuestra simplemente que no exista ningún sujeto de experiencia. Su argumento examina qué podemos encontrar mediante la introspección y qué justificación tenemos para afirmar la existencia de un yo permanente.

Además, su explicación de la identidad personal enfrenta dificultades que el propio Hume reconoció posteriormente.

Por eso conviene dedicarle un artículo independiente.

Lo importante para nuestra discusión actual es comprender cómo el empirismo conduce a ese problema.

Si exigimos que nuestras ideas tengan un origen identificable en la experiencia, debemos examinar también el origen de nuestra idea de nosotros mismos.

Y quizá descubramos que algunas de nuestras creencias más familiares son más difíciles de justificar de lo que suponíamos.

12. Una ciencia de la naturaleza humana

El empirismo de Hume representa uno de los proyectos más ambiciosos de la filosofía moderna.

Su propósito consiste en investigar las capacidades del entendimiento humano y determinar hasta dónde podemos conocer.

Para hacerlo, comienza examinando los contenidos de nuestra experiencia mental.

Distingue impresiones e ideas, propone el principio de copia y estudia los mecanismos mediante los cuales asociamos nuestros pensamientos.

Después utiliza estos recursos para investigar problemas filosóficos mucho más amplios.

Nuestra creencia en la causalidad, nuestras expectativas sobre el futuro y nuestra concepción de un yo permanente se convierten en objetos de investigación.

El resultado es una filosofía que cuestiona algunas de nuestras certezas más arraigadas.

Sin embargo, Hume no pretende que dejemos de confiar en nuestros sentidos, abandonemos nuestras expectativas cotidianas o renunciemos a toda investigación científica.

Reconoce que nuestras capacidades cognitivas funcionan mediante principios que forman parte de nuestra naturaleza.

No podemos evitar completamente la formación de hábitos, asociaciones y expectativas.

Lo que podemos hacer es investigar cómo funcionan y reconocer sus limitaciones.

Esta propuesta resulta especialmente importante para la filosofía de la mente.

En lugar de comenzar suponiendo que existe una sustancia mental cuyas propiedades debemos descubrir, Hume examina las percepciones y las relaciones que podemos identificar en nuestra experiencia.

Su pregunta es qué podemos afirmar legítimamente acerca de la mente a partir de aquello que conocemos.

Por eso, el empirismo humeano no constituye solamente una teoría sobre el origen de nuestras ideas.

También establece un procedimiento crítico para examinar los conceptos filosóficos.

Cuando hablamos de sustancias, causas, poderes o identidades, debemos preguntarnos qué experiencias justifican esas afirmaciones.

Y cuando no encontramos una respuesta satisfactoria, debemos reconocer que quizá estamos atribuyendo a nuestros conceptos un alcance mayor del que podemos justificar.

En el siguiente artículo examinaremos con más detalle cómo Hume explica las relaciones entre nuestras percepciones y el papel que desempeñan la memoria, la imaginación y la asociación en la organización de la vida mental.

Después podremos regresar al problema de la identidad personal y preguntar si, como sostenía Locke, la conciencia permite explicar nuestra continuidad o si, como sugiere Hume, aquello que llamamos yo es el resultado de relaciones entre percepciones cambiantes.


Referencias

Hume, D. (1739-1740). A Treatise of Human Nature. Especialmente libro I, partes I, III y IV.

Hume, D. (1748). An Enquiry Concerning Human Understanding. Especialmente secciones II, III, IV, V y VII.

Morris, W. E. y Brown, C. R. «David Hume». The Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/entries/hume/

Olson, E. T. (2023). «Personal Identity». The Stanford Encyclopedia of Philosophy. https://plato.stanford.edu/entries/identity-personal/

Nota sobre el texto

Este artículo es una reconstrucción divulgativa del empirismo de David Hume y de algunas de sus consecuencias para la filosofía de la mente.

La entrada «Personal Identity», de Eric T. Olson, sirve como referencia para situar históricamente la concepción humeana del yo como conjunto de percepciones dentro del debate sobre la identidad personal. El desarrollo de las distinciones entre impresiones e ideas, el principio de copia, la asociación y la inducción procede de las obras de Hume y de la discusión filosófica de su empirismo.

Los ejemplos cotidianos y las transiciones narrativas son recursos de esta exposición. La teoría de Hume se presenta como una propuesta filosófica susceptible de discusión, no como una descripción científica definitivamente establecida del funcionamiento de la mente.

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