La vida instrucciones de uso: cómo leer una novela que parece un edificio
Georges Perec abre La vida instrucciones de uso hablando de rompecabezas, una decisión bastante extraña cuando uno piensa que acaba de comprar una novela de casi seiscientas páginas y espera encontrarse con personajes, conflictos o alguna pista sobre la historia que está a punto de leer. Perec responde de otra manera y dedica varias páginas a las piezas de cartón, a sus bordes irregulares y a la lógica que gobierna su ensamblaje. Parece una digresión.Con esas páginas iniciales está entregando el manual de instrucciones de la novela.
La idea recuerda una vieja intuición de la psicología de la Gestalt: el todo posee propiedades que no pueden explicarse simplemente sumando las partes. Las conexiones importan tanto como los elementos conectados.
Un edificio cortado por la mitad
La novela transcurre en un edificio parisino situado en el número 11 de la rue Simon-Crubellier. Perec nos pide imaginar algo peculiar: la fachada desaparece y el interior queda completamente expuesto, como si alguien hubiera partido el edificio con un cuchillo gigantesco. El lector puede observar simultáneamente todos los departamentos, pasillos y habitaciones, convertido de pronto en una especie de voyeur arquitectónico.
La imagen recuerda a una casa de muñecas. Cada cuarto contiene una escena distinta y cada escena parece pertenecer a una novela diferente.
Hay ancianas rodeadas de recuerdos, coleccionistas obsesivos, aventureros, empleados, aristócratas arruinados, comerciantes, estafadores y vecinos que apenas saben quién vive al otro lado de la pared. Ninguno ocupa el centro de la historia porque la novela carece precisamente de ese centro. Perec se desplaza de habitación en habitación siguiendo una regla inspirada en el movimiento del caballo de ajedrez, recorriendo el edificio mediante una geometría secreta que el lector sólo empieza a percibir después de varias decenas de páginas.
La experiencia puede resultar desconcertante. Los objetos se acumulan, los personajes aparecen y desaparecen, las anécdotas se multiplican y durante un buen rato parece que nada conecta con nada. Entonces empiezan a surgir pequeños puentes. Un cuadro remite a una historia ocurrida décadas antes. Una carta olvidada en un cajón transforma la interpretación de un personaje. Un objeto reaparece cien páginas después y obliga a reconsiderar lo que creíamos entender.
El lector descubre que ha estado armando un rompecabezas sin darse cuenta.
Bartlebooth contra el universo
En el centro de esta maquinaria aparece Percival Bartlebooth, uno de los personajes más extraordinarios de la literatura del siglo XX.
Bartlebooth diseña un proyecto destinado a ocupar cincuenta años de su vida. Durante diez años aprende a pintar acuarelas. Después recorre el mundo realizando quinientas marinas que son enviadas a París para que un artesano llamado Gaspard Winckler las transforme en rompecabezas de madera. Finalmente regresa a su departamento y comienza a resolverlos uno por uno.
Cada vez que termina uno, la acuarela vuelve al lugar donde fue pintada y es sometida a un procedimiento químico que elimina la imagen.
El objetivo es riguroso y absurdo. Cuando todo termine no deberá quedar nada. La pintura desaparecerá, los rompecabezas desaparecerán y también desaparecerán las huellas del trabajo invertido durante medio siglo, como si Bartlebooth hubiera dedicado cincuenta años de su vida a fabricar cuidadosamente una ausencia.
Bartlebooth intenta imponer un orden perfecto sobre su existencia mediante disciplina, cálculo y perseverancia. Quiere que cada etapa conduzca exactamente a la siguiente, como si la vida pudiera convertirse en un mecanismo cerrado sobre sí mismo. No tiene ninguna posibilidad.
El enemigo invisible
En las primeras páginas de la novela aparece una observación que termina iluminando buena parte del libro. Perec señala que un rompecabezas nunca es un juego completamente solitario porque siempre existe otro jugador: quien diseñó las piezas.
Cada movimiento del jugador fue anticipado por alguien más. Cada error posible estaba previsto desde el principio. Cada intuición ocurre dentro de un campo de posibilidades que otro individuo diseñó previamente.
Por eso Winckler termina siendo mucho más que un artesano.
Mientras Bartlebooth intenta imponer orden absoluto sobre su proyecto, Winckler introduce dificultades cada vez más sofisticadas. Diseña cortes engañosos, fabrica trampas, multiplica falsas pistas y vuelve ambiguas piezas que deberían ser evidentes. Poco a poco ambos hombres quedan atrapados en una partida que dura décadas y cuyo resultado deja de ser únicamente estético.
La situación posee algo de metáfora filosófica. Todos hacemos planes y casi todos sobreestimamos nuestra capacidad para ejecutarlos. Imaginamos trayectorias limpias, cronogramas razonables y futuros ordenados. Después aparece algo parecido a Winckler —una enfermedad, una casualidad, una decisión ajena o una mala noticia recibida un martes cualquiera— y el diseño comienza a deformarse.La contingencia siempre encuentra la forma de sentarse a la mesa.
La novela como teoría de la vida
Muchos lectores recuerdan La vida instrucciones de uso por la complejidad de su estructura o por la extravagancia de algunos de sus personajes. Sin embargo, el corazón de la novela tal vez está en otra parte. Perec construyó una novela sobre conexiones.
Los objetos importan porque circulan entre distintas vidas, los personajes importan porque se cruzan con otros personajes, os recuerdos importan porque modifican el significado de acontecimientos ocurridos cientos de páginas antes. Nada permanece completamente aislado.
El dibujo del rompecabezas aparece después, cuando las relaciones empiezan a revelarse y aquello que parecía disperso adquiere una forma reconocible.
Algo parecido ocurre con las ciudades, con la memoria y con las biografías. Pasamos buena parte de nuestra existencia observando fragmentos; ocasionalmente logramos ver una figura más amplia y, cuando eso sucede, descubrimos que el sentido nunca estuvo en los elementos por separado, sino en la forma en que terminaban encajando.
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