¿Por qué se dice que los griegos inventaron el arte tal como lo conocemos?
Hay una idea que suele repetirse cuando se habla del arte griego. Se dice que los artistas aprendieron poco a poco a observar mejor la naturaleza. Primero dibujaban figuras rígidas; después descubrieron el movimiento; más tarde el escorzo, la perspectiva y la expresión. La historia parece sencilla: cada generación copiaba un poco mejor el mundo visible.
Gombrich acepta que esa evolución ocurrió, pero inmediatamente plantea una pregunta mucho más interesante.
¿Por qué empezó precisamente entonces?
Si los egipcios llevaban siglos observando cuerpos humanos, animales y plantas con enorme precisión, ¿por qué no emprendieron ese mismo camino? ¿Qué sucedió en Grecia para que la representación cambiara de dirección?
La respuesta de Gombrich desplaza completamente el problema. No fueron los ojos los que cambiaron: Cambió la función de las imágenes.
Una imagen siempre sirve para algo. Esa afirmación parece casi trivial, pero tiene consecuencias enormes. Las piezas del ajedrez, por ejemplo, no intentan parecerse a reyes o caballos reales; sólo necesitan distinguirse unas de otras durante una partida. Lo mismo ocurre con un mapa: nadie espera que un bosque tenga exactamente el mismo verde que aparece en el papel. Lo importante es que el lector pueda orientarse. En ambos casos, la forma está determinada por la función.
Gombrich propone mirar el arte antiguo con esa misma lógica.
Desde esta perspectiva, el arte egipcio deja de parecer un intento torpe de representar la realidad. En realidad era extraordinariamente eficaz para aquello que pretendía hacer. Los artistas egipcios no ignoraban que las personas tenían tonos distintos de piel o que los cuerpos podían adoptar innumerables posturas. Simplemente esas diferencias no eran relevantes para el trabajo que la imagen debía realizar.
Cuando un pintor egipcio representaba a los hombres con la piel oscura y a las mujeres con un tono más claro, no estaba describiendo individuos concretos. Estaba utilizando un código visual. Del mismo modo, cuando distinguía cuidadosamente un pez de otro o un nubio de un hitita, no lo hacía porque hubiera descubierto de pronto la observación científica, sino porque en ese caso la diferencia sí cumplía una función dentro de la imagen. Se observa aquello que hace falta comunicar.
La revolución Griega: contar historias
Esto cambia por completo la manera de entender la famosa "revolución griega".
Los griegos heredaron muchos de esos esquemas, pero comenzaron a utilizarlos para otra cosa. Ya no bastaba con identificar personajes. Había que contar historias.
El ejemplo que utiliza Gombrich es el Juicio de Paris. Las representaciones más antiguas muestran simplemente a Hermes, Atenea, Hera, Afrodita y Paris claramente identificables. Cada figura ocupa su lugar con una nitidez casi pictográfica. Poco a poco, sin embargo, la escena empieza a transformarse. Los personajes se miran, levantan la mano, ocupan un espacio común, parecen participar en un instante preciso.
El espectador deja de reconocer únicamente quién aparece en la imagen y empieza a imaginar qué está ocurriendo.
Es un cambio aparentemente pequeño, pero sus consecuencias son inmensas.
En cuanto el objetivo consiste en hacer imaginable una escena, aparecen problemas completamente nuevos. ¿Cómo sugerir profundidad? ¿Cómo representar un cuerpo girando? ¿Cómo hacer visible una emoción? ¿Cómo mostrar un paisaje que parezca un lugar real y no simplemente un conjunto de signos?
Entonces el naturalismo deja de ser una meta en sí misma. Se convierte en una herramienta narrativa.
Gombrich encuentra un indicio precioso de esta transformación en Homero. En la Odisea se describe un broche de oro donde un león atrapa a un ciervo. Lo interesante no es tanto el objeto como la manera en que el poema invita al oyente a imaginar el ataque: el esfuerzo del ciervo por escapar, la violencia del león, el instante congelado. La imagen ya no funciona como un símbolo; funciona como una evocación.
La pintura terminará recorriendo el mismo camino.
Por eso el célebre mosaico de Alejandro derrotando a Darío representa mucho más que una victoria militar. El espectador ya no contempla un emblema del poder del vencedor. Participa en la escena. Mira la batalla casi desde dentro. Percibe el miedo de Darío, el caos del combate y la tensión de los caballos. La pintura obliga a reconstruir mentalmente una situación completa.
Ahí reside, para Gombrich, la verdadera revolución griega.
Nueva relación entre imagen y quien la contempla
No consistió simplemente en aprender a copiar mejor la naturaleza, sino en inventar una nueva relación entre la imagen y quien la contempla. El espectador dejó de enfrentarse a un símbolo para entrar en un espacio imaginario que debía completar con su propia mente. La pintura empezó a sugerir más de lo que mostraba; las figuras comenzaron a ocultar partes del cuerpo que el observador reconstruía automáticamente; una expresión bastaba para imaginar una emoción; un gesto permitía adivinar una historia entera.
Dicho de otra manera, los griegos inventaron algo que hoy nos parece completamente natural: la idea de que una imagen puede ser una ficción.
Quizá por eso este capítulo de Arte e ilusión sigue resultando tan sugerente casi setenta años después de su publicación. Gombrich no está escribiendo únicamente una historia del arte antiguo. Está intentando explicar qué ocurre en nuestra mente cuando dejamos de mirar una imagen como un objeto y empezamos a habitar el mundo imaginario que esa imagen nos propone.
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