Superman siempre ha tenido un problema que casi nadie menciona.
No hablo de la kryptonita, de Lex Luthor ni de esas gafas extraordinarias capaces de convencer a toda una ciudad de que Clark Kent y Superman son personas distintas. Hablo de un problema filosófico. Uno que aborda Andrew Terjesen en Can Superman Feel Pain.
Ser humano no consiste únicamente en tener un determinado ADN o caminar sobre dos piernas. También consiste en pasar buena parte de la vida descubriendo, a veces con cierta brutalidad, que el mundo puede lastimarnos.
Aprendemos qué significa el dolor porque nos caemos de la bicicleta, porque nos fracturamos un brazo o porque un día el médico pronuncia una frase que preferiríamos no haber escuchado.
Superman se saltó casi todo ese aprendizaje.
Y eso vuelve inevitable una pregunta: ¿puede alguien así comprender el dolor humano o simplemente sabe que existe?
La diferencia es enorme. Un neurocirujano puede explicar con precisión cómo funciona una migraña y, aun así, no haber sufrido jamás una. Del mismo modo, Superman podría conocer mejor que cualquier médico la anatomía humana; eso no significa que sepa qué se siente vivir dentro de un cuerpo que puede romperse con tanta facilidad.
Ese es, en el fondo, el problema del capítulo de Terjesen.
Hume y la psicología del detective
David Hume creía que la respuesta era menos misteriosa de lo que parece.
Según él, comprendemos a los demás porque observamos regularidades. Vemos que ciertas expresiones suelen acompañar al miedo, otras al entusiasmo y otras a la tristeza. Poco a poco aprendemos esa gramática silenciosa del comportamiento y empezamos a inferir qué ocurre en la mente de las personas.
Superman no necesita disfrutar el periodismo para comprender por qué Jimmy Olsen corre feliz hacia una explosión con una cámara en la mano —una costumbre que, vista con calma, debería haber preocupado más a sus compañeros de trabajo—. Basta observar su conducta para concluir que desea estar allí. Comprender al otro consiste, esencialmente, en interpretar correctamente las pistas que deja su comportamiento.
Es una explicación elegante. Quizá demasiado elegante.
La objeción de Sophie de Grouchy
La filósofa Sophie de Grouchy sospechaba que Hume había simplificado demasiado las cosas.
Observar una conducta puede decirnos qué siente alguien, pero no explica por qué esa emoción llega a afectarnos. Cuando vemos llorar a otra persona no reaccionamos como quien resuelve un problema de geometría. Algo mucho más inmediato ocurre. Los recuerdos empiezan a moverse.
De Grouchy pensaba que la empatía funciona porque las experiencias ajenas despiertan experiencias propias. Superman comprendería la alegría de Jimmy Olsen porque alguna vez sintió una emoción parecida; quizá la primera vez que consiguió volar. No observa únicamente un comportamiento. Reconoce, aunque sea de manera vaga, un sentimiento que ya había habitado en él.
La teoría parece convincente.
Hasta que recordamos un pequeño inconveniente.
El pequeño inconveniente de ser invulnerable
Superman casi nunca siente dolor.
En Superman II, cuando pierde temporalmente sus poderes y sangra por primera vez, contempla la sangre con el desconcierto de quien descubre una propiedad desconocida del universo. En otra historia, al exponerse a la kryptonita, llega incluso a preguntarse: "¿Esto es dolor?"
Y en ese momento todo vuelve a complicarse.
Porque si ni siquiera sabe reconocer el dolor cuando finalmente lo experimenta, ¿de qué recuerdos podría echar mano para comprender el nuestro?
Dos maneras de leer una mente: teoría teoría
La filosofía contemporánea intentó responder esa pregunta de dos maneras muy distintas.
La primera recibió un nombre bastante desafortunado: Theory Theory, de Alison Gopnik. Cada uno de nosotros desarrolla, desde la infancia, una especie de psicología intuitiva. Aprendemos que las personas actúan movidas por creencias y deseos, y utilizamos ese conocimiento para explicar su conducta.
Cuando alguien corre, suponemos que quiere llegar a alguna parte. Si se asoma a una cornisa, pensamos que tiene miedo de caer. Si rechaza la ayuda, modificamos la hipótesis. Comprender una mente consiste en formular buenas inferencias, casi como un detective que reconstruye un crimen a partir de las huellas.
Esta manera de entender la empatía encaja bastante bien con el ambiente intelectual creado por Jerry Fodor, para quien la mente funcionaba manipulando representaciones mediante reglas. Si la mente opera como un sistema de símbolos, entender otra mente consiste, en buena medida, en inferir correctamente qué símbolos están activos en ese momento.
Pero existe otra posibilidad.
Teoría de la simulación
Robert Gordon y Alvin Goldman propusieron que quizá no comprendemos a los demás elaborando teorías sobre ellos. Tal vez hacemos algo mucho más simple y mucho más arriesgado.
Nos utilizamos a nosotros mismos como modelo.
Cuando vemos a alguien caminar por una cornisa no consultamos un manual invisible de psicología. Durante una fracción de segundo imaginamos que somos nosotros quienes estamos allí arriba. La mente ejecuta una simulación y observa el resultado.
Comprender no consiste en deducir. Consiste en ensayar.
Durante algunos años esta idea recibió un impulso inesperado gracias al descubrimiento de las famosas neuronas espejo.
Muchos titulares anunciaron que, por fin, la ciencia había encontrado el mecanismo de la empatía. Parecía lógico: si ciertas neuronas se activan tanto cuando realizamos una acción como cuando vemos a otra persona realizarla, quizá nuestro cerebro estuviera simulando internamente la experiencia ajena.Superman sigue siendo un personaje filosóficamente interesante porque nos obliga a formular una pregunta filosófica:
¿qué significa realmente comprender a otra persona?
Vivimos diciendo cosas como "sé perfectamente cómo te sientes". La filosofía lleva más de dos siglos respondiendo que probablemente no.
Lo único que podemos hacer es aproximarnos. A veces observando, otras recordando, otras imaginando. Nunca abandonamos del todo nuestra propia perspectiva.
Y quizá eso explique por qué la empatía no es un estado al que se llega, sino un trabajo que nunca termina.
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