Introducción de How to Think About Weird Things
Theodore Schick y Lewis Vaughn parten de algo muy cotidiano: estamos rodeados de afirmaciones extraordinarias. Algunas hablan de ovnis, fantasmas, telepatía, astrología, reencarnación, experiencias cercanas a la muerte o curaciones milagrosas. Pero el problema que interesa a los autores no es simplemente decidir cuáles de estas cosas son verdaderas y cuáles falsas.
La pregunta central es otra: ¿cómo podemos saberlo?
Los autores señalan que normalmente encontramos muchas afirmaciones acerca de qué debemos creer, pero muchas menos explicaciones acerca de por qué deberíamos creerlo. Una persona puede aceptar apasionadamente una afirmación y otra rechazarla con la misma seguridad. Sin embargo, ni la convicción, ni la incredulidad, ni la certeza subjetiva constituyen por sí mismas buenas razones.
Por eso, el libro propone desplazar nuestra atención de las creencias a las razones que las sostienen. Una creencia que carece de buenas razones y evidencia es, desde el punto de vista del conocimiento, arbitraria. No basta con que algo nos parezca absurdo para rechazarlo, del mismo modo que no basta con que una experiencia nos resulte convincente para aceptarlo.
Esto es especialmente importante cuando nos enfrentamos con fenómenos extraños, porque allí intervienen fácilmente nuestros deseos, prejuicios, errores de percepción y expectativas. Además, hay una dificultad adicional: algunas cosas que en un principio parecen extraordinarias realmente resultan ser verdaderas. Por ello, el pensamiento crítico no consiste en rechazar automáticamente lo extraño. Ser escéptico no significa negar de antemano, sino exigir razones adecuadas antes de aceptar o rechazar una afirmación.
El objetivo del libro será entonces proporcionar principios de investigación racional: herramientas para evaluar evidencias, distinguir buenas razones de malas razones y obtener conclusiones justificadas. Pero los autores quieren ir todavía un paso más atrás. No solamente quieren enseñarnos, por ejemplo, que la evidencia científica es preferible a una anécdota, sino explicar por qué lo es.
Así aparece el problema filosófico fundamental de la introducción:
¿Qué hace que una razón sea una buena razón para creer algo?
Y detrás de esa pregunta aparecen otras: ¿por qué una anécdota no basta como prueba?, ¿por qué debemos exigir evidencia?, ¿qué relación existe entre evidencia y verdad?, ¿qué diferencia una creencia verdadera de una creencia racionalmente justificada?
La respuesta se encuentra en los principios que permiten distinguir las buenas razones de las malas. No es necesario aceptar estos principios —ni ninguna otra afirmación— como un acto de fe. Mediante el uso cuidadoso de nuestra propia razón, podemos comprobar por nosotros mismos su validez.
Tampoco debemos suponer que estas pautas sean infalibles e inmutables. Son simplemente las mejores de las que disponemos, hasta que alguien presente razones sólidas y racionales para descartarlas.
Estas pautas no deberían sorprender a nadie. Sin embargo, para muchos, los principios parecerán algo completamente inesperado: un mapa detallado de un territorio que creían inexplorado. Incluso quienes no nos sorprendemos ante ellos debemos admitir que probablemente infringimos al menos uno todos los días y, al hacerlo, terminamos desviándonos hacia conclusiones equivocadas.
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