Locke y la filosofía de la mente (II): ¿Qué nos hace seguir siendo el mismo individuo?
1. ¿Puede pensar la materia?
En el artículo anterior examinamos una de las propuestas de John Locke (1632-1704) acerca de la relación entre mente y cuerpo: la posibilidad de que la materia, cuando está organizada de determinada manera, pueda pensar.
Locke había planteado esta hipótesis en el libro IV de su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Su argumento partía de una limitación de nuestro conocimiento. Sabemos que existen el pensamiento y la materia, pero desconocemos suficientemente la naturaleza de las sustancias como para determinar si el pensamiento requiere necesariamente una sustancia inmaterial.
Para Locke, Dios podría haber creado una sustancia inmaterial capaz de pensar y haberla unido al cuerpo. Pero también podría haber otorgado esa capacidad a determinados sistemas materiales. Nuestro conocimiento no permite decidir cuál de estas posibilidades corresponde a la realidad.
La propuesta provocó controversias entre sus contemporáneos. Aunque Locke había formulado su hipótesis en términos de posibilidad, algunos críticos interpretaron sus afirmaciones como una defensa del materialismo.
Uno de ellos fue Samuel Clarke (1675-1729), filósofo y teólogo anglicano cercano al círculo de Isaac Newton. Clarke sostuvo una controversia con Anthony Collins (1676-1729), filósofo inglés que defendía la posibilidad de que el pensamiento perteneciera a la materia.
Entre 1707 y 1708, Clarke y Collins intercambiaron argumentos mediante publicaciones y correspondencia. Clarke intentaba demostrar que la idea de materia pensante encerraba una contradicción. A su juicio, bastaba examinar los conceptos de materia y pensamiento para concluir que una sustancia material no podía poseer capacidades cognitivas.
La controversia retomaba una dificultad que Locke había dejado abierta: ¿podemos determinar qué propiedades puede poseer una sustancia mediante el análisis de nuestras ideas?
El debate continuó durante buena parte del siglo XVIII. Las afirmaciones de Locke habían puesto en cuestión la posibilidad de demostrar filosóficamente que el alma debía ser inmaterial.
Sin embargo, Locke había desarrollado otra propuesta que tendría consecuencias para la filosofía de la mente: su teoría de la identidad personal.
Esta teoría aparece en el capítulo 27 del libro II del Ensayo, titulado «De la identidad y la diversidad», incorporado en la segunda edición de 1694.
Para comprenderla, debemos comenzar con un problema más general.
¿Qué significa afirmar que algo sigue siendo lo mismo a través del tiempo?
2. El problema de la identidad
Imaginemos que tenemos una mesa de madera. Con el paso de los años, una de sus patas se rompe y la reemplazamos. Tiempo después cambiamos otra pata. Posteriormente sustituimos el tablero y, finalmente, todas sus piezas originales.
¿Sigue siendo la misma mesa?
Podríamos responder que sí, porque hemos mantenido el mismo objeto a través de una serie de reparaciones. Pero también podríamos afirmar que, una vez sustituidos todos sus componentes, tenemos una mesa diferente.
La dificultad consiste en determinar qué debe permanecer para que podamos hablar de la identidad de un objeto.
Este problema aparece en numerosas situaciones. Un río conserva su nombre aunque el agua que fluye por él cambie constantemente. Un árbol continúa creciendo mientras intercambia materia con su entorno. Nuestro propio cuerpo pierde y reemplaza componentes a lo largo de la vida.
¿Qué permite afirmar que se trata del mismo río, del mismo árbol o del mismo individuo?
Locke aborda este problema examinando las condiciones bajo las cuales identificamos algo como un individuo y determinamos su permanencia a través del tiempo.
En el primer apartado del capítulo «De la identidad y la diversidad», Locke sostiene que cuando encontramos una cosa en determinado lugar y momento, podemos distinguirla de cualquier otra cosa que exista simultáneamente en otro lugar, por muy semejante que sea.
Supongamos que tenemos dos monedas fabricadas con el mismo material, del mismo tamaño y con las mismas inscripciones. Aunque fueran indistinguibles por sus propiedades observables, seguirían siendo dos monedas distintas.
La semejanza entre dos objetos no implica su identidad.
Locke sostiene también que dos cosas de la misma clase no pueden ocupar exactamente el mismo lugar al mismo tiempo. Cada cosa posee un comienzo de existencia que permite distinguirla de las demás.
Por tanto, cuando preguntamos si algo sigue siendo lo mismo, estamos comparando su existencia presente con su existencia en un momento anterior.
Sin embargo, esta explicación plantea una dificultad: ¿qué características deben conservarse para que podamos reconocer a un individuo como el mismo?
La respuesta de Locke depende de la clase de entidad que estemos considerando.
No identificamos de la misma manera un átomo, una masa de materia y un organismo vivo.
3. La identidad de los átomos y las masas de materia
Locke comienza examinando la identidad de las entidades materiales.
Su explicación se desarrolla dentro de una concepción corpuscular de la naturaleza. Según esta concepción, los cuerpos están constituidos por partículas materiales cuyas propiedades y relaciones permiten explicar diversos fenómenos físicos.
Conviene distinguir dos casos.
La identidad de un átomo
Consideremos un átomo individual, entendido en el sentido corpuscular de la época: una partícula material que no se divide en componentes menores.
Mientras ese átomo continúe existiendo, seguirá siendo el mismo átomo.
Puede cambiar de posición, entrar en contacto con otras partículas o formar parte de distintos cuerpos. Ninguno de esos cambios implica que haya dejado de ser ese individuo.
Su identidad depende de la continuidad de su propia existencia.
La identidad de una masa de materia
Ahora imaginemos una masa formada por mil partículas.
Para Locke, la identidad de esa masa depende de las partículas que la constituyen. Si pierde una sola partícula o incorpora una nueva, la composición material cambia y, en sentido estricto, tenemos una masa diferente.
Supongamos que reunimos cien piezas de metal y las colocamos dentro de una caja. Mientras conservemos exactamente esas cien piezas, tendremos la misma colección de materia, aunque cambiemos su disposición.
Pero si retiramos una pieza y la sustituimos por otra idéntica, ya no tendremos exactamente la misma colección.
La nueva masa puede conservar el mismo peso, volumen y apariencia. Incluso puede resultar imposible distinguirla mediante la observación. Sin embargo, su composición material es distinta.
Este criterio de identidad es exigente: una masa de materia deja de ser la misma cuando cambia cualquiera de sus componentes.
Pero ¿podemos aplicar este criterio a los seres vivos?
4. ¿Por qué un árbol sigue siendo el mismo árbol?
Imaginemos que plantamos un roble en el jardín de nuestra casa.
Al principio es una planta pequeña. Después de varios años, su tronco aumenta de tamaño, aparecen nuevas ramas y sus raíces se extienden bajo tierra.
Durante ese proceso, el árbol incorpora agua y nutrientes, produce tejidos, pierde hojas y elimina sustancias.
La materia que lo constituye cambia continuamente.
Si aplicáramos el criterio de identidad de las masas materiales, tendríamos que concluir que el roble deja de ser el mismo cada vez que incorpora o pierde una partícula.
Pero Locke considera que la identidad de los organismos vivos funciona de otra manera.
Un árbol continúa siendo el mismo organismo mientras persista la organización que mantiene su vida.
La identidad del roble depende de la continuidad de sus procesos vitales, que se realizan mediante una organización de partes materiales. Esa organización puede mantenerse a pesar de los cambios en las partículas que la componen.
Por ejemplo, el árbol puede perder hojas durante el otoño y producir otras durante la primavera. También puede desarrollar nuevas raíces o reemplazar tejidos.
Estos cambios forman parte de su vida.
Locke considera que la continuidad de esa vida organizada permite identificar al mismo organismo a través del tiempo.
De aquí surge una distinción:
Una masa de materia conserva su identidad mientras conserva exactamente sus componentes. Un organismo vivo conserva su identidad mediante la continuidad de su organización vital.
Por eso podemos afirmar que el roble que plantamos hace veinte años sigue siendo el mismo, aunque haya cambiado buena parte de la materia que lo constituye.
El criterio también se aplica a los animales.
Un caballo recién nacido puede crecer, aumentar de peso, perder pelo y experimentar numerosas modificaciones corporales. Mientras continúe la misma vida organizada, seguirá siendo el mismo caballo.
La identidad del organismo depende de una continuidad funcional.
Esta propuesta permite comprender por qué Locke distingue las condiciones de identidad de diferentes clases de entidades. Aquello que debe permanecer en una masa de materia es diferente de aquello que debe permanecer en un organismo.
Sin embargo, la distinción plantea otro problema.
Si el árbol y la masa de materia que lo constituye tienen criterios de identidad diferentes, ¿estamos hablando de dos cosas que ocupan el mismo lugar?
5. ¿Pueden dos cosas ocupar el mismo lugar?
Recordemos uno de los principios de Locke: dos cosas de la misma clase no pueden ocupar exactamente el mismo lugar al mismo tiempo.
Pero consideremos nuevamente el roble.
En un momento determinado, el árbol está constituido por una masa de materia. Esa masa ocupa exactamente el mismo espacio que el organismo.
Ahora bien, según Locke, ambos poseen criterios de identidad diferentes.
La masa deja de ser la misma cuando pierde o incorpora una partícula. El árbol, en cambio, puede continuar siendo el mismo organismo a pesar de esas modificaciones.
Supongamos que el árbol pierde una hoja.
La masa de materia que lo constituye cambia. Sin embargo, el árbol continúa siendo el mismo.
¿Debemos concluir que el árbol y la masa de materia son dos entidades distintas?
Si respondemos afirmativamente, parecería que tenemos dos cuerpos ocupando el mismo lugar.
Pero eso entra en tensión con el principio que Locke había formulado acerca de la imposibilidad de que dos cosas de la misma clase ocupen el mismo espacio.
Una posible respuesta consiste en distinguir entre las clases de entidades que estamos considerando. Quizá una masa de materia y un organismo vivo pertenezcan a clases diferentes, aunque ambos sean cuerpos materiales.
Sin embargo, esta solución también presenta dificultades. Si utilizamos categorías demasiado específicas, podríamos permitir que entidades materiales de clases diferentes ocuparan exactamente el mismo lugar, algo que Locke quería evitar.
El problema ha dado lugar a distintas interpretaciones de su teoría de la identidad.
Una de las discusiones consiste en determinar si Locke defiende una concepción absoluta o relativa de la identidad.
6. Identidad absoluta e identidad relativa
La distinción entre identidad absoluta e identidad relativa puede parecer técnica, pero surge de una pregunta que ya encontramos en el ejemplo del árbol.
¿Puede algo seguir siendo lo mismo en un sentido y dejar de serlo en otro?
Para comprender el problema conviene distinguir dos cuestiones.
La primera es qué condiciones permiten identificar un individuo de determinada clase. Por ejemplo, qué hace que cierta organización material constituya un árbol.
La segunda es qué condiciones permiten afirmar que un individuo encontrado en dos momentos diferentes es exactamente el mismo.
Quienes defienden una concepción de la identidad absoluta consideran que existen distintos criterios para identificar individuos de diferentes clases, pero que la relación de identidad es siempre la misma.
Un árbol y una masa de materia pueden tener condiciones de persistencia diferentes. Sin embargo, cuando afirmamos que algo es idéntico a otra cosa, estamos afirmando una única relación de identidad.
En cambio, los defensores de la identidad relativa sostienen que la identidad debe comprenderse en relación con la clase de entidad que estamos considerando.
Desde esta perspectiva, podríamos afirmar que algo sigue siendo el mismo árbol, aunque ya no sea la misma masa de materia.
La expresión «ser el mismo» estaría vinculada al tipo de entidad al que hacemos referencia.
El filósofo Peter Geach (1916-2013) propuso en el siglo XX interpretar la teoría de Locke desde la perspectiva de la identidad relativa.
Según esta interpretación, una cosa podría ser la misma bajo una descripción y diferente bajo otra.
Consideremos nuevamente nuestro roble.
Podemos decir que el árbol actual es el mismo árbol que plantamos hace veinte años. Pero también podemos afirmar que la masa de materia que lo constituye actualmente es distinta de la que lo constituía entonces.
Para un defensor de la identidad relativa, estas afirmaciones muestran que nuestros juicios de identidad dependen de la clase de entidad considerada.
Para un defensor de la identidad absoluta, en cambio, debemos explicar la diferencia distinguiendo las entidades y sus condiciones de persistencia, sin admitir relaciones de identidad diferentes.
La cuestión sigue siendo objeto de discusión entre los intérpretes de Locke.
En cualquier caso, el problema permite comprender una de las consecuencias de su propuesta: para determinar qué hace que algo permanezca a través del tiempo, debemos examinar primero qué clase de entidad es.
Esta conclusión nos conduce al problema de la identidad humana.
7. ¿Qué es un ser humano?
Locke considera que los seres humanos pertenecemos a la clase de los animales.
Por tanto, nuestra identidad como seres humanos debe comprenderse mediante criterios semejantes a los que utilizamos para identificar otros organismos vivos.
Un ser humano es un organismo con determinada organización corporal, cuya identidad depende de la continuidad de su vida.
Esta definición puede parecer poco problemática. Sin embargo, tiene consecuencias para las concepciones filosóficas que identificaban al ser humano con la posesión de un alma racional.
Locke cuestiona que la identidad de un ser humano dependa exclusivamente de la permanencia de una misma alma.
Para mostrar las dificultades de esa posición, recurre a varios experimentos mentales.
El problema de la reencarnación
Supongamos que alguien sostiene que un ser humano es, fundamentalmente, un alma.
Según esta concepción, la identidad del individuo dependería de la permanencia de esa alma a través del tiempo.
Ahora imaginemos que aceptamos alguna doctrina de la reencarnación.
Una persona muere y su alma pasa a otro cuerpo.
Si la identidad humana depende únicamente del alma, tendríamos que afirmar que el individuo que ocupa el nuevo cuerpo es el mismo ser humano que existía anteriormente.
Pero llevemos el ejemplo un poco más lejos.
¿Qué ocurriría si el alma de un hombre pasara al cuerpo de un cerdo?
Si identificamos al ser humano exclusivamente con su alma, tendríamos que reconocer que ese cerdo es el mismo hombre que vivió anteriormente.
Locke considera que esta consecuencia revela un problema con la definición.
Podemos aceptar, al menos como posibilidad, que un alma humana ocupe el cuerpo de otro animal. Sin embargo, eso no parece convertir al animal en un ser humano.
La pertenencia a la clase de los seres humanos depende también de características de su organización corporal.
Por tanto, la identidad de un ser humano no puede determinarse exclusivamente mediante la identidad de su alma.
El loro que habla
Locke presenta otro experimento mental.
Imaginemos un loro capaz de hablar y razonar.
Este loro puede mantener conversaciones, responder preguntas y participar en discusiones. Sus capacidades intelectuales son comparables a las de un ser humano.
¿Deberíamos concluir que el loro es un hombre?
Locke considera que no.
Aunque posea capacidades racionales, sigue siendo un loro.
La capacidad de razonar no basta para convertirlo en un miembro de la especie humana.
Ahora consideremos el caso contrario.
Imaginemos un organismo que posee la forma corporal de un ser humano, pero que carece de la capacidad de mantener un discurso racional.
¿Dejaríamos de considerarlo humano?
Locke sostiene que tampoco.
La ausencia de ciertas capacidades racionales no implica que el organismo haya dejado de pertenecer a la clase de los seres humanos.
Estos ejemplos permiten cuestionar la definición tradicional del hombre como animal racional.
Según Locke, la racionalidad no constituye una condición necesaria ni suficiente para identificar a un individuo como ser humano.
Un animal de otra especie podría poseer capacidades racionales y continuar perteneciendo a esa especie. Del mismo modo, un ser humano podría carecer de esas capacidades sin dejar de ser humano.
Locke propone identificar al hombre mediante su organización corporal y la continuidad de su vida.
Sin embargo, esto plantea una pregunta.
Si un loro pudiera razonar, reflexionar sobre sí mismo y reconocerse a través del tiempo, ¿habría alguna diferencia entre ser un loro y ser una persona?
Para responderla, Locke introduce una distinción entre ser humano y persona que examinaremos en el siguiente artículo.
8. Los organismos como máquinas vivientes
La definición lockeana del ser humano está relacionada con una concepción mecanicista de los organismos.
Durante los siglos XVII y XVIII, diversos filósofos y científicos intentaron explicar los fenómenos naturales mediante la organización, el movimiento y las interacciones de las partes materiales.
Locke utiliza la comparación entre los organismos y las máquinas para explicar la continuidad de la vida.
Consideremos un reloj.
Su funcionamiento depende de la organización de sus piezas. Cada componente cumple una función dentro del mecanismo.
Podemos reparar el reloj, reemplazar engranajes o modificar algunas de sus partes y conservar su funcionamiento.
Los organismos presentan una organización semejante en ciertos aspectos, pero Locke señala una diferencia.
En las máquinas, el movimiento suele depender de una fuerza aplicada desde el exterior. En los organismos, en cambio, la organización y los movimientos que constituyen la vida se mantienen mediante procesos internos.
Un árbol incorpora nutrientes, crece y produce nuevas estructuras. Un animal se alimenta, se mueve y mantiene diversas funciones corporales.
La continuidad de esos procesos permite comprender la identidad del organismo a pesar de los cambios en su composición material.
Esto no significa que Locke considere explicados todos los fenómenos de la vida mediante mecanismos físicos.
En otras partes del Ensayo, reconoce dificultades para explicar mecánicamente fenómenos como el aprendizaje, la percepción y el pensamiento.
Por ejemplo, el canto aprendido de las aves plantea problemas para una concepción que pretenda explicar toda la conducta animal mediante movimientos mecánicos previamente determinados.
La comparación entre organismos y máquinas tiene, por tanto, un alcance específico dentro de su teoría de la identidad.
Permite explicar cómo una organización puede mantenerse a través de cambios materiales, sin resolver por ello todos los problemas relacionados con las capacidades de los seres vivos.
9. ¿Qué permanece cuando cambiamos?
La teoría de Locke permite distinguir diferentes maneras en las que algo puede conservar su identidad a través del tiempo.
Un átomo permanece mientras continúa existiendo como el mismo individuo.
Una masa de materia conserva su identidad mientras mantiene exactamente sus componentes.
Un organismo vivo permanece mientras continúa la misma vida organizada, aunque cambien las partículas que lo constituyen.
Los seres humanos pertenecemos a esta última categoría.
Nuestro cuerpo crece, se modifica, incorpora materia y pierde componentes. Sin embargo, podemos reconocer la continuidad de un mismo organismo desde la infancia hasta la vejez.
La identidad humana, considerada desde esta perspectiva, depende de la continuidad de la vida corporal.
Pero Locke considera necesario introducir una distinción adicional.
Pensemos en una persona que ha perdido todos sus recuerdos. Su organismo continúa viviendo. Conserva su cuerpo y la continuidad de sus procesos vitales.
Podemos afirmar que sigue siendo el mismo ser humano.
Sin embargo, ¿sigue siendo la misma persona?
La pregunta se vuelve todavía más difícil si imaginamos que los recuerdos, pensamientos y experiencias de un individuo pudieran trasladarse a otro cuerpo.
¿Dónde encontraríamos entonces a la persona original?
Estos problemas muestran por qué Locke considera necesario distinguir entre la identidad de un ser humano y la identidad de una persona.
La primera depende de la continuidad de un organismo vivo. Para comprender la segunda, Locke recurrirá a la conciencia y a la capacidad de reconocernos como nosotros mismos a través del tiempo.
La pregunta que queda abierta es:
Si seguimos siendo el mismo ser humano aunque cambie la materia de nuestro cuerpo, ¿qué nos hace seguir siendo la misma persona?
Referencias
Locke, J. (1690/1694). An Essay Concerning Human Understanding, libro II, capítulo 27, «Of Identity and Diversity», y libro IV, capítulo 3.
McCann, E. (1987). «Locke on Identity: Matter, Life, and Consciousness». Archiv für Geschichte der Philosophie, 69(1), 54-77.
Thiel, U. (2011). The Early Modern Subject: Self-Consciousness and Personal Identity from Descartes to Hume. Oxford University Press.
Geach, P. T. (1967). «Identity». The Review of Metaphysics, 21(1), 3-12.
Uzgalis, W. «Some Issues in Locke's Philosophy of Mind». En John Locke, Stanford Encyclopedia of Philosophy

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