Epistemología 11.3 Dos versiones del problema de otras mentes + Percepción directa de otras mentes

 

Dos versiones del problema de otras mentes y Percepción directa de otras mentes

Dos versiones del problema de otras mentes

Duncan Pritchard insiste en algo que suele pasarse por alto: el llamado “problema de otras mentes” no es un único problema. Son, al menos, dos. Y no da igual cuál tengamos en mente.

El primero es básico:


¿cómo sabemos que existen otras mentes además de la nuestra?

El segundo aparece después, pero no es menos inquietante:

Suponiendo que existen, ¿cómo sabemos que son como la nuestra?

Conviene no mezclarlos. Incluso si alguien lograra demostrar —milagrosamente— que hay otras mentes ahí fuera, seguiría en pie la posibilidad de que esas mentes no se parezcan demasiado a la nuestra "por dentro".

Los fenómenos de desviación mental (ceguera al color, inversión de qualia, mentes alienígenas perfectamente camufladas…) empujan justo en esa dirección. 

Dos personas pueden comportarse de manera indistinguible y, aun así, vivir experiencias radicalmente distintas. No habría forma pública de notarlo.


Y aquí es donde el asunto empieza a incomodar más: 
si lo único que compartimos es el comportamiento, 

¿qué nos autoriza a pensar que vemos, oímos o sentimos “lo mismo”?

La respuesta habitual apela a la inferencia. 


¿Percepción directa de otras mentes?

Vemos cuerpos, registramos conductas y, a partir de ahí, concluimos que hay una mente semejante detrás. Pritchard propone una idea que cada vez suena más en la filosofía, y que parece no ser tan radical: tal vez, en algunos casos, no inferimos nada.

Tal vez simplemente percibimos la mente del otro.

Pensemos en una escena ordinaria: alguien se retuerce de dolor. No parece que razonemos nada. No calculamos. No aplicamos analogías. No inferimos. 

Vemos dolor, del mismo modo que vemos cansancio o torpeza. La experiencia no es una hipótesis, es algo dado.

Esto no implica necesariamente ingenuidad filosófica. Podemos equivocarnos. Podemos confundir actuación con sufrimiento real, igual que podemos confundir un palo recto con uno doblado en el agua. Pero que existan errores no obliga a convertir todos los casos en inferencias frágiles.

Hay un paralelismo con la posición del realista directo en percepción: el hecho de que a veces nos engañemos no significa que nunca tengamos acceso directo al mundo.

Si algo parecido ocurre en el ámbito social, entonces algunas de nuestras experiencias con otros —ver dolor, miedo, alegría— podrían ser formas básicas de acceso perceptivo y directo a la mente ajena, no conclusiones filosóficas apresuradas.

Y si eso es correcto, el problema de otras mentes  pierde parte de su dramatismo. En algunos casos, al menos, no estaríamos adivinando lo que hay detrás del comportamiento. Lo estamos viendo.

Esta idea encaja mal con muchas teorías representacionalistas de la mente. Quizá por eso ha empezado a ganar terreno apenas recientemente.


Comentarios